Globalización y Derechos Humanos…¿se llevan?

Igual que en un post anterior, esta publicación nace como un comentario a un artículo muy interesante que tuve la oportunidad de leer; por lo que aquí les dejo el enlace de dicho artículo y a continuación mi opinión sobre el. Muchas gracias y espero que les guste:

http://www.nodo50.org/derechosparatodos/Areas/AreaTEXTOS-3.html

OPINIÓN SOBRE EL ENSAYO “GLOBALIZACIÓN Y DERECHOS HUMANOS”

Como bien concluye este ensayo, la Globalización y los Derechos Humanos son virtualmente incompatibles, casi antagónicos. Ese movimiento que muchos pretenden vender a los ciudadanos como algo mágico, milagroso, el último logro del avance de la humanidad hacia la luz, no es más que la herramienta más poderosa, segadora y mortífera que tiene el Capitalismo; es la puesta en práctica de la doctrina Neoliberalista que busca destruir todas las barreras y obstáculos que puedan impedir la consecución de su máxima meta: controlar la mayor cantidad de recursos, tecnología e información para maximiza los beneficios económicos.

El Capitalismo se basa en el lucro, en la idea de generar la mayor cantidad de ganancias personales, sin tomar en cuenta los costes sociales y ambientales que esto pueda generar. Adam Smith, en su famoso tratado “La riqueza de las naciones” (1776) nos dice que al obrar en beneficio propio y sin la menor intervención del Estado, una “mano invisible” guiaría a la sociedad a condiciones de prosperidad y bienestar general a través de la libre competencia…como nos han enseñado más de 200 años de experiencia desde su publicación, los conceptos del famoso economista no solamente se ha quedado corto en cumplir con sus promesas de bonanza general para la población, sino que atenta contra los derechos fundamentales de la misma, además que gracias a su apetito insaciable, ha llevado al planeta  al borde de un colapso ambiental que se eleva sobre nosotros como un monstruo gigante que no se ve (o no queremos ver) pero se siente de forma omnipresente, amenazando con acabar con nosotros de un momento a otro.

En todo este tiempo y a duras penas, lo único que ha mantenido a raya (y al parecer no por mucho tiempo) al salvajismo insaciable del Capitalismo extremo, ha sido la regularización y la intervención estatal. El Estado, esa entidad creada con el ideal máximo de velar por el bien común de los pueblos ha logrado; en sus días de gloria, ya pasados hace mucho; evitar el control total del lucro y la ganancia personal. Ya sea por grandes estadistas con visión y sentido de patria (en Panamá hemos tenido grandes héroes a través de nuestra historia); ya sea por políticos temerosos a las masas o ya sea por el corazón y la voluntad del pueblo levantándose contra sus opresores; las naciones del mundo, unas mejor que otras, han logrado a través de los años idear diferentes mecanismos que permiten funcionar la economía de libre mercado manteniendo un mínimo de equidad y decencia; retrasando y ralentizando los efectos naturales del “Mecanismo del Lucro” como lo son la acumulación de capital en pocas manos y la estratificación de la sociedad, entre muchas otras consecuencias nocivas. Barreras arancelarias, cuotas nacionales de empleo, iniciativas anti-monopolio, sindicatos, códigos de trabajo, son solo unos ejemplos de las iniciativas que logran evitar que las grandes corporaciones multinacionales se apoderen de todo. Estas grandes empresas, de la mano de emprendedores e ideas revolucionarias, deben muchas veces su éxito a saber cómo manejarse al límite con estas reglas, incluso doblarlas o romperlas cuando sea posible. Desde hace décadas, (o quizás desde sus inicios) dejaron de ser solo jugadores de la partida y se han ido infiltrando en los más altos escalones de la política para crear sus propias directrices; y si no cuentan con un representante suyo en las altas esferas, crean poderosos “lobbies” que presionan a todos los poderes del estado a través de donaciones, apoyo a campañas presidenciales y legislativas o simplemente a través de la llana extorsión y compra de votos. Ya no existen naciones con diferentes ideologías y culturas que establecen relaciones unas con otras para la gloria y el bienestar de un país; en su lugar solo existen mega-corporaciones que compiten, se alían y se destruyen entre ellas al mismo tiempo con solo un objetivo: lucrar. Maximizar los beneficios a cualquier costo.

Las multinacionales y los grandes poderes económicos son los que guían a la verdadera política de hoy en día en nuestras naciones y las potencias industriales occidentales están utilizando a la Globalización como su gran arma para poder seguir expandiéndose a nuevos y más vastos mercados, negociando al mejor estilo del severo Theodore Roosevelt: con un lenguaje de miel y esperanza, pero dejando a la vista el “Gran Garrote” para que sepan quién manda. Imponen acuerdos y tratados de libre comercio y movimiento de capital a diestra y siniestra, protegiendo con diferentes pretextos los sectores claves de su propia economía a la vez que exigen a la contraparte eliminar las barreras que defienden a las de ellos; imponen estas iniciativas especialmente a países tercermundistas que no tienen la infraestructura, ni los recursos económicos ni tecnológicos para competir contra ellas, absorbiendo o eliminado la producción nacional, controlando los recursos naturales claves y sumiendo a gran parte de la población en el desempleo o subempleo, beneficiando solo a los sectores importadores y más acaudalados del país en cuestión. Es tan inmenso el poder de estas corporaciones que si tomamos la lista basada en el Producto Interno Bruto de las 100 más grandes economía del mundo, nos daremos cuenta que 51 de ellas son mega-empresas y no países, siendo cada vez más y más grandes, concentrando cada vez más dinero, recursos naturales y tecnología en un puñado de manos y cuentas bancarias privadas en detrimento del Estado, el cual ,se supone, que fue creado para representar al pueblo y debería conservar la gran mayoría de estos bienes para el progreso de la nación en general.

Al darnos cuenta que estas corporaciones son las que controlan a los grandes gobiernos de occidente que promueven la Globalización  y estas están motivadas por la necesidad de lucro, no es de extrañarnos entonces que una y otra vez se violen los Derechos Humanos con este movimiento mundial, aumentando la diferencia entre ricos y pobres, lanzando a la miseria a millones de pequeños productores y emprendedores en todos los países, obligándolo a convertirse en una servidumbre mal pagada de estas empresas, por miedo a quedar sin nada de las migajas que les dejan. La revelación de Pedro Montes sobre la intensión de aprobar el Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI) es aterradora, solo el contemplar la variedad de puntos que intentaban introducir que violaban la soberanía de las naciones y los derechos de los ciudadanos nos hace ver hasta donde son capaces de llegar.

El dejar en manos de la élite industrial y financiera la actividad económica mundial, sin virtualmente ninguna regulación de parte de una entidad estatal, sería la peor catástrofe que podría ocurrirles a la mayoría de la población de los países, acelerando el proceso de saqueo disfrazado que es la distribución de la riqueza que ocurre diariamente de los que tienen menos a los que ya tienen demasiado. El Estado, en la mayoría de las veces corrupto hasta sus cimientos, es la única alternativa real que tenemos actualmente entre el dominio de la élite mundial y el caos de anarquismo social. Para hacer difundir y hacer valer los Derechos Humanos, es necesario utilizar la herramienta que los protege. Renovar el Estado, reformarlo, fortalecerlo y rescatar los ideales que guiaron a nuestros padres fundadores y los grandes patriotas de nuestra historia, es una misión necesaria que debemos cumplir si aspiramos a una nación en la que se beneficien todos.

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